Secretario General Centro de Alumnos de Derecho
PUCV
Entonces el joven le pregunta al padre ¿qué debo realizar para alcanzar el éxito? Y el padre aconseja e impone claramente el rito basado en el equilibrio de las cuentas corrientes internas y externas del individuo, porque la realidad ha creado una pared entre el hombre y la comunidad, porque ya sólo existe el bien común propio, y la cosa pública es trabajo, o privilegio de unos pocos, porque ya no alimenta el hogar ni el éxito de la familia, porque la cosa pública ya no es pública sino privada, privada de la libertad de ser libre, privada de la sin frontera de alcance social.
Los griegos no creerían tal cosa, el mismo Aristóteles en persona nos repudiaría, y más aún Platón al comprobar que siglos más tarde la polis sigue perteneciendo a los Sofistas y no a los filósofos. Acercándonos a la Inglaterra de Enrique VII, Tomás Moro, bajo la visión de Rafael Hitlodeu, en su obra “Utopía”, hubiese insistido en la colaboración de los sabios para el fortalecimiento de la cosa pública, aunque, dicho sea de paso, tal isla, como su nombre lo indica, es un sueño de hombres de buena fe.
Bajo el teocentrismo la cosa pública la construye la divinidad católica, que no admite fe en contrario, ni práctica estatal no seguidora de los dogmas, pero si admite con toda razón y crudeza el uso de la fuerza en defensa de la iglesia, el uso de la guerra por la santísima trinidad. Los humanistas en tiempos del siglo de las luces se sintieron, al igual que muchos hombres de la historia, dueños de la verdad y de la razón, pero sembraron el egocentrismo y el individualismo que años más tarde seria reemplazado por Marx, en su política de Igualdad sobre Libertad.
Entonces nos preguntamos ¿Cuál es la razón de Estado?; la libertad, la igualdad, la dignidad, el crecimiento económico, la distribución de la riqueza o el bien común. Un ilustrado republicano respondería con gran convicción: “El Bien Común”.
Frente a esto se genera una gran e importante interrogante que la historia no ha resuelto, o al menos quienes están llamados a la búsqueda de esto no lo saben, ¿Qué es el bien común? ¿Quién determina el bien común?
Ante esto recojo las palabras de Aristóteles, que planteaba que el fin último al que se orienta el hombre es a alcanzar la felicidad. Pero ¿Dónde se encuentra este bien supremo? Hay quienes creen que la felicidad radica en la libertad individual, vale decir, en el éxito privado. Habemos otros que consideramos que la felicidad no la constituye tan sólo la esfera del mundo privado e individual, sino además la encontramos encarnada en el bienestar del mundo público. En este sentido considero que los jóvenes tenemos una gran misión por delante, más allá del hecho de poseer un titulo profesional, más allá de convertirnos en seres poderosos, sino más bien, creo que estamos llamados a construir, a hacer de lo ordinario lo extraordinario, a construir en base no sólo a denuncias sino también a proposiciones. Lamentablemente veo en este punto una sociedad civil de jóvenes debilitada, puesto que para muchos, ser joven hoy significa tomar las “grandes decisiones de la vida”; cuestión que es completamente legitima, pero insuficiente, si realmente creemos que las cosas pueden ser mejor.
Quisiera terminar planteando una interrogante que he meditado por largo tiempo y que ha sido fruto de grandes discusiones junto a un poco de café y cigarro, ¿Cómo hacer entender a los jóvenes de hoy, que la felicidad no sólo está en la libertad personal, sino también en la libertad de la república?
“… veo la tierra prometida” Martin Luther King
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